miércoles, 31 de agosto de 2011

DORMILÓN


Culpa de la rutina creada tras un año de pasar medio dormida, la mañana en que el quiosco amaneció pintado a nuevo y con el cartel luminoso funcionando Silvina no lo notó. El quiosco había estado ahí desde siempre, seguramente desde antes de que su tía abriera el local de ropa exclusiva para mujeres y contratara a su sobrina para atenderlo y, según habían escuchado alguna vez, mucho antes de que esa zona de la ciudad se poblara de negocios de todo tipo, principalmente tiendas de ropa. Siempre había sido un quiosco miserable, que no vendía siquiera cigarrillos para atraer clientes, a decir verdad los repelía con esa fachada descascarada y el viejo anicotinado atrás del mostrador siempre maldiciendo lo que sea que se asomase a su puerta, pero se mantenía a fuerza de levantar quiniela clandestinamente. Ahora, para alegría de la tía, el quiosco había cambiado de administración.
Esa mañana Silvina llegó al local y su tía, que se encargaba de abrir y cerrar y dejaba a su sobrina atendiendo el resto del día, ya la esperaba con los mates. Quería mucho a su sobrina, su pobre y maltratada Silvinita, veintitrés años y un futuro que asomaba tímido, como si no quisiera llegar nunca y aceptarse y aceptar que eso iba a ser la vida, veintitrés años y un hijo sin padre, un alquiler impagable y una madre avergonzada, ay, lo que hizo la nena. Su tía siempre consideró a la madre de Silvina una imbécil. Por eso ayuda a Silvina. Después de un largo sorbo y como acordándose con los ojos le preguntó, “Viste como quedó de lindo el quiosquito ¿no?” Silvina dijo que no, que ni se había dado cuenta y que iba a ver. “De paso comprame cigarrillos” Silvina salió del local, caminó los cuatro pasos que la separaban del quiosco frente a la vidriera donde el único maniquí que tenían esperaban que le pongan el vestido y el chaleco de la nueva temporada otoño-invierno que aún había que elegir, y cuando llegó a la puerta del quiosco se sorprendió al ver que efectivamente cambiaba la imagen una manito de pintura, “que viejo tacaño” pensó, “por qué tardó tanto en hacer algo por su negocio” y pensando cosas así pudo sentir el calor que le invadía el rostro cuando vio, atrás del mostrador, con la mirada perdida en un libro, el pelo corto, la barba de varias semanas y los ojos claros como el agua mineral de medio litro que llenaba una bandeja de la heladera junto a distintas marcas de gaseosas y cervezas, al nuevo empleado del quiosco, un chico alto que apenas pasaba los veinte años. Apenas levantó los ojos para decir  hola y siguió con su libro. Silvina pidió un Phillip diez, que era lo que ella fumaba, y antes de pagar se dio cuenta y cambió por los Marlboro que fumaba su tía, y se quedó en silencio, siempre sonriendo, siempre sonrojada. Volvió con su tía que ya se iba, y le contó del chico lindo que atendía ahora el quiosco. La tía se rió antes de darle gracias a Dios y desearle a su sobrina una alegría, lo que la avergonzó un poco, pero no tanto porque en verdad ya hacía un año que estaba sola y le vendría bien una alegría. O algo.
Al mediodía Silvina cerró para comer y volvió a entrar al quiosco. Esta vez compró sus cigarrillos y un encendedor. Trató de decir algo, sobre el tiempo quizás. Las reglas de la seducción, si es que las hay, dicen que es el hombre el que debe tomar la iniciativa para evitar que la mujer sea considerada fácil, por no decir puta. Silvina no quería seguir ninguna regla, le parecían conceptos de principios del siglo pasado, y viendo como los adolescentes se manejan hoy en día no le parecía nada malo intentar una conversación inocente sobre el hermoso día de sol de principios del otoño, pero no pudo hacerlo. No le salió una palabra. Sonrió, espero. El chico no dijo nada, se limitó a dar el vuelto y un caramelo y muchas gracias.
Salió del quiosco pensando que era un chico tímido y que habría que hacer un esfuerzo para atraer su atención.
Al otro día, después de pensar mucho alguna excusa para ir a comprar algo, se decidió por unos caramelos, una bolsa llena de caramelos de menta para convidar ella misma a su escasa clientela que por el momento se limitaba a una amiga de su tía y una chica cuya cuenta corriente necesitaba achicarse urgentemente aunque dejó que se lleve el vestido que tanto deseaba, la fiesta era esa noche y era el único vestido que le gustaba de todos los lugares que había visitado y revuelto hasta la exasperación, no sin antes suplicarle que por favor la semana que viene entregue aunque sea cien pesos porque sino la dueña (nunca la llamaba tía en horarios de trabajo) la mataría, o peor, le descontaría el total de la cuenta de su propio sueldo, mintió para apurarla un poco. Compró los caramelos y se le ocurrió preguntar si el quiosco había cambiado de dueño, le pareció un buen tema para romper el hielo. El chico apenas levanto los ojos de su libro, contestó que sí, que su tío había comprado el quiosco a un viejo, que salvo por los impuestos atrasados prácticamente lo regaló. Silvina no perdió la oportunidad de remarcar la feliz coincidencia (“qué casualidad” dijo) de que ambos trabajasen para sus tíos. El chico sonrió, uno, dos segundos y mientras sostenía media sonrisa ya estaba otra vez absorto en su libro. Ese maldito libro, pensó Silvina de vuelta en el local, recibe toda la atención. Quizá era un tonto, quizás solo era gay. Pero era muy lindo y de verdad le gustaba, y pensó que podría ser un buen año si él se dignaba a hablarle, podrían tomarían mate en la vereda, hasta podrían salir juntos a comer. Quizás viviese solo y la invitase a dormir.
Soñar no cuesta nada, pensó Silvina mientras veía a su tía llegar horrorizada con los formularios de impuestos. “Si seguimos así, esto no va más, no va a alcanzar ni para puchero nena” se quejó la tía mientras contaba los billetes una y otra vez deseando que se multiplicasen mágicamente con cada recuento. No es que no quisiera pagar, entendía muy bien sobre derechos y obligaciones, pero eso era el colmo del abuso, parecían que el ministerio de economía quería fundir a todos los pequeños comerciantes para despejar el terreno a las grandes firmas. Muy pronto el país iba a estar dominado por cuatro mega tiendas y todos tendrían que trabajar  ahí, comprar ahí, comer ahí y morir ahí si es que no sale muy caro. Cosas así decía la tía cada vez que llegaba la hora de pagar los impuestos. Sus pronósticos se volvían mas trágicos con cada mes que pasaba. Esta vez Silvina propuso ampliar la oferta, y la semana siguiente compraron un nuevo maniquí (gastos y mas gastos dijo la tía, espero que funcione) y llenaron medio local con de ropa de hombre. Silvina, cuidadosamente, se tomó el trabajo de imaginar que usaría el chico del quiosco y así vistió a su maniquí. Confiaba en su gusto para la ropa y esperaba que al tenerlo en el local hiciese más sencillo hablar de cualquier cosa y quizá lograría sacarle aunque sea el nombre, pero las semanas pasaban y ni siquiera se lo vio asomarse a la vidriera. Lo que primero fue un flechazo se fue degradando y ya era una simple obsesión, que tan mal no hace pero tiene muy mala fama. El problema es que la gente critica mucho al obsesionado, en vez de dejarlos en paz, que ya se les va a pasar. De todos modos a Silvina no le importaba. Se pasaba las tardes eligiendo colores para pintar sus uñas y después las exhibía en el mostrador del quiosco tratando de atraer la mirada del chico hacia sus manos, para luego acomodarse la ropa, o rascarse la boca, pero nada. Ni una mirada de más, ni siquiera cuando Silvina se iba la miraba de atrás como tantos otros, porque ella muchas veces intentó atraparlo en el acto y se volvía de golpe pero nada, otra vez la cabeza hundida en el libro, ese libro que quizá ya era otro libro cuando llegó el invierno y fue un invierno muy frío y triste para Silvina y su hijito solos en ese departamento todas las noches. Y la venta, como se dice, no arrancó jamás.

 La última vez que fue al quiosco ya había llegado la primavera. Habían pasado seis meses desde la primera vez que la vio. Hizo todo lo posible por no parecer un degenerado cada vez que ella entraba al quiosco a comprar sus cigarrillos, pero siempre le regalaba caramelos y cuando descubrió que le gustaban los de menta se aseguraba de tener siempre una reserva para ella. Procuró nunca mirarla demasiado, no quería causar una mala impresión, era tan linda. La última vez apareció a las nueve de la mañana, tan radiante como el día, pero esta vez no sonrió. Fue todo automático. Pidió los cigarrillos. Pagó. Llevaba su currículum. “Ey” se animó finalmente a decirle antes de que ella saliera “no sabía que habían cerrado”. Ella se quedó quieta, mirando hacia afuera. Después se volvió, y mirándolo desde uno de los dos polos dijo: “Si. Fue el peor invierno. Y vos –meditó un segundo sus palabras- pensé que eras un robot”
El chico soltó una carcajada fuerte que se cortó en seco ante la cara inexpresiva de Silvina y le preguntó por qué pensó eso. Ella tomó aire y apenas movió la boca como para contestar, pero todo terminó en un suspiro agotador, y dijo que no importaba, que ya ni se acoraba por qué, que tenía que irse. El aire quedó enrarecido, olía como a flores muertas en un florero azul con el agua sucia y se veía igual de triste. El se sintió un poco tonto, nunca supo siquiera su nombre. “Igual”, pensó, “nunca tuve oportunidad con ella”.
El local exhibió unas semanas el cartel de “se alquila”. El chico del quiosco siguió leyendo libros en horario de trabajo. La vida siguió pasando por la vereda. El verano llegó, inevitable como siempre. A veces, cuando el chico del quiosco sueña, ella aparece y hablan durante horas, hablan hasta saber todo lo que se puede saber de otra persona hablando, y entonces el chico se queda sin nada que decir y ella sigue hablando y parece feliz y él se despierta solo y tienen frío.

miércoles, 17 de agosto de 2011

LA BIROME MÁGICA DE PEDRO PETRUCCI


Hasta aquí (hasta este día) el tiempo, tormento de su tímida razón, lo había acosado silenciosamente. Hasta aquí, dos horas pasó cada día viajando en colectivo, ocho horas desenvolviéndose como encargado del gigantesco depósito de un monstruo-mercado (sin contar las dos o tres infaltables horas extras), unas cinco horas de insuficiente sueño y el resto, si las cuentas no fallan y el día sólo tiene veinticuatro horas, dedicado casi exclusivamente a jugar con sus hijos o desayunar y conversar con Amalia, cariñosamente apodada La Gorda. Hasta aquí mismo, hasta este día en que la vieja y maltratada birome que llevaba siempre en el bolsillo izquierdo del jean se quedó sin tinta y Pedro Petrucci cruzó la avenida que separa el monumental mercado del último barrio de la ciudad, mercado mayorista al que sólo se llega en auto, al que todos vienen en camionetas que abarrotan de mercaderías de lo mas variadas, y le preguntó al quiosquero, viejo amigo vendés biromes vos ¿no? y el quiosquero, viejo y amigo de Pedro dijo que sí, y buscó en una caja que afirma contener veinticuatro biromes idénticas unas a otras, idénticas en su tinta azul, en su marca Bic, en su mitológico gentilicio compartido con el colectivo, ese colectivo dónde una hora de ida, una hora de vuelta, de lunes a viernes y algunos sábados, quince años fueron pasando día tras día tras mes tras años, y nadie se percató que un día como hoy hace quince años Pedro entraba como changarín en el depósito porque Amalia (que todavía no era La Gorda) resultó estar embarazada y nuestro héroe que ya era un hombre y le faltaba sólo quinto año para terminar la secundaria pero le costaba demasiado esfuerzo, demasiadas ganas de estrellarse la cabeza contra los libros cuando las fechas y las fórmulas simplemente no se quedaban en su mente y él reprobaba los exámenes y volvía a casa sintiendo que sus hermanos tenían razón, que el era un burro y como burro… entonces buscó un trabajo de burro, buscó un trabajo para mantener a su familia y enseguida lo tomaron en el depósito, hombreando, contando, abriendo y cerrando cajas y cajas y pronto su mente entró en un cómodo cubo igual a cualquiera de esas cajas de cartón que veía pasar a diario, y adentro del cubo se volvió realmente bueno en lo que hacía pues al cabo de unos años los dueños lo pusieron a cargo de todas las cajas que entraban y salían y nunca faltó ni sobró ni una sola cosa en ninguna de esas caja en quince años. La paga fue siempre excelente y la confianza de los jefes que lo trataban con el respeto que merece quien cuida tan bien sus intereses por una ínfima fracción de las utilidades que esos intereses les generan (quizá el buen trato nace un poco del remordimiento, quién sabe) lo hacían sentir importante, útil por lo menos, y así, hasta aquí, quince años, la edad de su hija mayor.
Quince años encerrado en un tinglado de chapa, muerto de calor en verano, congelado en invierno, y ni una vez se lo escuchó quejarse. Una de esas mañanas frías en que los camiones llegan un poco más tarde y todos tardan unos minutos más en arrancar con las labores diarias, Pedro y su compañero y amigo Juan Cruz sacaron cuentas, y quién más, quién menos, a los dos les faltaban unos treinta años para jubilarse. La perspectiva no horrorizó a Pedro, que mas bien acataba el destino pensando que siempre podía ser peor, sus hijos podrían estar sin techo ni comida, su hija sin la ropa que tanto le gusta y que él con gusto le comprará a costa de su cintura o de sus tardes, su vida, lo que ceda primero. Pero se quedó pensando, mientras Juan Cruz despotricaba contra el destino y planeaba un accidente para cobrar una jugosa indemnización (Pedro lo miró seriamente, analizando si la idea de su amigo era una broma o si debía aplicarle un correctivo, es decir, un golpe fuerte en el hombro para que deje de hablar pelotudeces) y sumó las horas y los años y cayó en la cuenta de que ya no era, si alguna vez lo fue, dueño de sus horas ni sus días, hacía quince años que no vivía: trabajaba.
Sintió ganas de llorar, como las sintió en aquella habitación que alquiló con Amalia y su hijita de cinco meses que no paraba de llorar y no había calefacción. Eran las tres de la mañana y a las cinco se tenía que levantar y la bronca y el miedo amontonaron las lágrimas tras las barreras invisibles que evitaron su llanto, esa noche y también esta mañana, cuando la birome sin tinta, el quiosco, cualquier birome, son todas iguales, siempre se traía una de casa que su esposa atentamente le compraba, pero Pedro tuvo ganas de despejar su mente esa mañana, antes que llegasen los clientes y los camiones y se meta en su cubo de cartón y hierro y un día pase y entonces sean quince años y un día.
Volvió con la birome. Llegó un camión lleno de bolsones de azúcar. Una vez descargado, el camionero fue a pedirle al encargado que le firme el remito, como es costumbre: hay que dejar todo en claro, lo que entra, lo que sale, todo con la firma de algún responsable, alguien que responda por los miles de pesos que se mueven en camiones por todo el país todo el tiempo. Como de costumbre entonces, Pedro estampó su firma. El día siguió su curso, notablemente tranquilo para un negocio que apenas conoce los feriados. Se dice que los dueños harían trabajar de noche a sus empleados, si la ley lo permitiese, o mejor, lo exigiese. Era el invierno más crudo en años y para Pedro esa era la razón de la escasez de clientes y proveedores ese día.
A eso de las dos de la tarde, cuando faltaban pocas horas para que se cumpla la jornada laboral, las ocho horas que todos saben y aceptan son siempre muchas más, llegó otro camión, esta vez lleno de cajas de aceite. Todo normal. Descargaron, Pedro contó las cajas, coincidían con el numero total del remito y procedió a firmar. Era un remito en triplicado. Cosas de la aceitera. El camionero tenía sed. Preguntó, mientras Pedro destapaba la Bic: ¿No tenés – Pedro estampó su firma, una especie de  galaxia alrededor de dos letras P encimadas – un poco de agua – hizo una larga línea recta, como solía hacer siempre, el subrayado final de su firma – fresca? Vas a tener que tomar de la canilla, fue la respuesta, en el fondo hay un vaso y al lado una canilla, sírvase nomás, le dijo, y lo miró partir desganado hacia el final del tinglado. Después buscó la segunda página y empezó a firmar, levantó la vista y le pareció que el camionero se había detenido un segundo como recordando algo que lo paralizó súbitamente. Pedro preguntó si estaba todo bien y el camionero dijo que sí y siguió caminando sin mirarlo. Pedro siguió firmando pero no miraba lo que escribía, porque algo lo había dejado perplejo: mientras la birome descargaba su tinta en el papel, el camionero quedaba detenido en dónde estaba, y cuando terminó de firmar el hombre siguió su camino hasta el vaso de agua. Pedro esperó. Lo vio abrir la canilla, y empezó a escribir su nombre con la birome en uno de los bordes de la hoja. Mientras escribía el agua se detenía, el vaso nunca se llenaba, el camionero no emitía las mas mínima señal de movimiento, todo quedaba suspendido. Y todo reanudaba su marcha cuando dejaba de escribir. Tardó tres semanas en volver a animarse a usar la birome mágica. Pero ya en su conciencia se había formulado la idea de una idea imposible tres semanas o quince años o un mundo atrás. Tardó tres semanas en  entender que tenía a su disposición lo más buscado por los hombres. Los poderosos compran tiempo. No pagan ni siquiera lo que comen, no pagan más que a sus fieles subordinados que harán cualquier cosa por ese sueldo, harán todo por los pudientes, los dueños del tiempo: el tiempo de sus empleados vale entonces y con suerte dos mil pesos por mes: ese tiempo es del que lo paga. Así los ricos pueden disfrutar la vida, compran tiempo. Ahora lo entendía. Ahora y probablemente para siempre Pedro Petrucci poseía todo el tiempo del mundo, su propio tiempo. Empezó a escribir por las noches. Probó garabatear líneas sin sentido pero no funcionaba, tenía que escribir. Primero su nombre. El nombre de su mujer. El de su hija. Cuando se dio cuenta, había llenado diez hojas de un viejo cuaderno con nombres de personas y cosas y lugares. Pero entre cada palabra el viento soplaba afuera, cada vez que levantaba la punta de la birome para pasar a la siguiente palabra su mujer completaba la exhalación que había quedado suspendida, el segundo se completaba, el tiempo corría. Su sorpresa fue descubrir por puro aburrimiento que al escribir frases como La puta madre que te parió el tiempo se detenía desde la primera palabra hasta el punto.
Ahora tenía un problema nuevo y distinto a cualquier cosa que lo haya desvelado alguna vez: saberse dueño del tiempo y no saber que hacer (que mierda hacer, pensó) con él.
Pero no lo pensó demasiado. Llevó un cuaderno al trabajo y en cualquier momento del día se ponía a escribir durante horas. Nadie se daba cuenta, el tiempo y la gente seguían en lo que estaban antes, imperturbables en su rutina y en la ignorancia de lo que estaba ocurriendo, de lo que Pedro podía hacer. Por las noches le daba a su mujer los cuadernos y mientras él se duchaba ella leía. Supuestamente escribía en el colectivo de vuelta a casa. Eran cosas muy simples y perdonablemente poéticas: El sol nos despide para siempre con los colores que dan calma y paz al corazón y a los ojos cansados del gil trabajador. Más simple aún: El amor de una mujer me espera en casa.
A su mujer le encantaban las cosas que su marido escribía. Las leía con fervor. Le encantaba que su marido, después de quince años de monotonía, de casi no expresar ni una emoción, de trabajar y nada mas, de golpe escribía sobre las cosas que veía, sobre la vida en el barrio. Pronto empezó a escribir sobre la muerte, el amor, la amistad, la infancia, los padres, el sexo. En pocas semanas aparecieron decenas de cuadernos con ideas y teorías descabelladas como por ejemplo: Nada recuerdo mejor que a la gente que nunca vi, nada espero ya de la gente que conocí. Nada me pertenece salvo todo lo que hay entre las personas, ese espacio vacío que nadie reclama, nadie dice es mío, porque es mío, me pertenece. Pedro pensó que en algún momento la tinta se acabaría y el se vería obligado a seguir con su vida de antes. Pasaron cinco años de escritura automática. Apenas pasaron seis meses para todos los demás. Sus compañeros pensaban que quince años de trabajo ininterrumpido lo estaba envejeciendo demasiado rápido. La frase estás hecho mierda, Petrucci se escuchaba todo el tiempo. Pasaron cinco años para todos nosotros e incontables años para Pedro. Su familia temía por su vida. No comprendían que pasaba. Estaba en perfecto estado, pero parecía cada día más viejo. Los cuadernos se acumulaban en lo que antes era el lavadero. La puerta cerrada con llave. Nadie podía ver ya el fruto de su poder, su obsesión. Creerían que era más bien un mal, algo quizás diabólico. La tinta de la birome no se acababa nunca. Esperen tranquilos, malditos, esperen que ya les voy a dar mi vida para que la expriman, esperen que termine de escribirla.
A las seis de la tarde de otro invierno también crudo y cruel, el invierno siguiente quizá o cincuenta años después del invierno en que compro la Bic, Pedro Petrucci entró al mega-mercado y se encaminó hasta la sección librería. La gente, como de costumbre, lo ignoró. Un cliente despistado le preguntó donde estaba la sección de congelados, pero Pedro pareció no escucharlo y siguió su camino. Algunos empleados simplemente lo miraron, a ver que hacía el demacrado Petrucci. Su compañero Juan Cruz tuvo un mal presentimiento, pero nada pudo hacer. Un pestañeo después el cadáver aún más viejo de Pedro yacía en el suelo. A su lado, centenares de páginas escritas a mano, la obra de una vida y una birome partida en dos por el autor antes de morir de viejo.
Como bien dejaba en claro Petrucci en una de sus páginas, la totalidad de la obra debía ser conservada por su familia. Podían disponer de ella como quisieran. Durante años quedó todo guardado en el húmedo cuartito. Amalia murió de un ataque al corazón. La hija mayor de ambos conservó todo lo que su padre escribió y algunas noches mientras leía pensaba que hacer con todo eso, si valdría la pena intentar publicar algo, si no eran simples delirios de su viejo, si no era todo una mierda. Se casó y tuvo hijos y finalmente dejó de pensar en el asunto: entre el trabajo, la casa, los chicos, la comida y el marido no le quedaba tiempo para pensar mucho en nada.