Culpa de la rutina creada tras un año de pasar medio dormida, la mañana en que el quiosco amaneció pintado a nuevo y con el cartel luminoso funcionando Silvina no lo notó. El quiosco había estado ahí desde siempre, seguramente desde antes de que su tía abriera el local de ropa exclusiva para mujeres y contratara a su sobrina para atenderlo y, según habían escuchado alguna vez, mucho antes de que esa zona de la ciudad se poblara de negocios de todo tipo, principalmente tiendas de ropa. Siempre había sido un quiosco miserable, que no vendía siquiera cigarrillos para atraer clientes, a decir verdad los repelía con esa fachada descascarada y el viejo anicotinado atrás del mostrador siempre maldiciendo lo que sea que se asomase a su puerta, pero se mantenía a fuerza de levantar quiniela clandestinamente. Ahora, para alegría de la tía, el quiosco había cambiado de administración.
Esa mañana Silvina llegó al local y su tía, que se encargaba de abrir y cerrar y dejaba a su sobrina atendiendo el resto del día, ya la esperaba con los mates. Quería mucho a su sobrina, su pobre y maltratada Silvinita, veintitrés años y un futuro que asomaba tímido, como si no quisiera llegar nunca y aceptarse y aceptar que eso iba a ser la vida, veintitrés años y un hijo sin padre, un alquiler impagable y una madre avergonzada, ay, lo que hizo la nena. Su tía siempre consideró a la madre de Silvina una imbécil. Por eso ayuda a Silvina. Después de un largo sorbo y como acordándose con los ojos le preguntó, “Viste como quedó de lindo el quiosquito ¿no?” Silvina dijo que no, que ni se había dado cuenta y que iba a ver. “De paso comprame cigarrillos” Silvina salió del local, caminó los cuatro pasos que la separaban del quiosco frente a la vidriera donde el único maniquí que tenían esperaban que le pongan el vestido y el chaleco de la nueva temporada otoño-invierno que aún había que elegir, y cuando llegó a la puerta del quiosco se sorprendió al ver que efectivamente cambiaba la imagen una manito de pintura, “que viejo tacaño” pensó, “por qué tardó tanto en hacer algo por su negocio” y pensando cosas así pudo sentir el calor que le invadía el rostro cuando vio, atrás del mostrador, con la mirada perdida en un libro, el pelo corto, la barba de varias semanas y los ojos claros como el agua mineral de medio litro que llenaba una bandeja de la heladera junto a distintas marcas de gaseosas y cervezas, al nuevo empleado del quiosco, un chico alto que apenas pasaba los veinte años. Apenas levantó los ojos para decir hola y siguió con su libro. Silvina pidió un Phillip diez, que era lo que ella fumaba, y antes de pagar se dio cuenta y cambió por los Marlboro que fumaba su tía, y se quedó en silencio, siempre sonriendo, siempre sonrojada. Volvió con su tía que ya se iba, y le contó del chico lindo que atendía ahora el quiosco. La tía se rió antes de darle gracias a Dios y desearle a su sobrina una alegría, lo que la avergonzó un poco, pero no tanto porque en verdad ya hacía un año que estaba sola y le vendría bien una alegría. O algo.
Al mediodía Silvina cerró para comer y volvió a entrar al quiosco. Esta vez compró sus cigarrillos y un encendedor. Trató de decir algo, sobre el tiempo quizás. Las reglas de la seducción, si es que las hay, dicen que es el hombre el que debe tomar la iniciativa para evitar que la mujer sea considerada fácil, por no decir puta. Silvina no quería seguir ninguna regla, le parecían conceptos de principios del siglo pasado, y viendo como los adolescentes se manejan hoy en día no le parecía nada malo intentar una conversación inocente sobre el hermoso día de sol de principios del otoño, pero no pudo hacerlo. No le salió una palabra. Sonrió, espero. El chico no dijo nada, se limitó a dar el vuelto y un caramelo y muchas gracias.
Salió del quiosco pensando que era un chico tímido y que habría que hacer un esfuerzo para atraer su atención.
Al otro día, después de pensar mucho alguna excusa para ir a comprar algo, se decidió por unos caramelos, una bolsa llena de caramelos de menta para convidar ella misma a su escasa clientela que por el momento se limitaba a una amiga de su tía y una chica cuya cuenta corriente necesitaba achicarse urgentemente aunque dejó que se lleve el vestido que tanto deseaba, la fiesta era esa noche y era el único vestido que le gustaba de todos los lugares que había visitado y revuelto hasta la exasperación, no sin antes suplicarle que por favor la semana que viene entregue aunque sea cien pesos porque sino la dueña (nunca la llamaba tía en horarios de trabajo) la mataría, o peor, le descontaría el total de la cuenta de su propio sueldo, mintió para apurarla un poco. Compró los caramelos y se le ocurrió preguntar si el quiosco había cambiado de dueño, le pareció un buen tema para romper el hielo. El chico apenas levanto los ojos de su libro, contestó que sí, que su tío había comprado el quiosco a un viejo, que salvo por los impuestos atrasados prácticamente lo regaló. Silvina no perdió la oportunidad de remarcar la feliz coincidencia (“qué casualidad” dijo) de que ambos trabajasen para sus tíos. El chico sonrió, uno, dos segundos y mientras sostenía media sonrisa ya estaba otra vez absorto en su libro. Ese maldito libro, pensó Silvina de vuelta en el local, recibe toda la atención. Quizá era un tonto, quizás solo era gay. Pero era muy lindo y de verdad le gustaba, y pensó que podría ser un buen año si él se dignaba a hablarle, podrían tomarían mate en la vereda, hasta podrían salir juntos a comer. Quizás viviese solo y la invitase a dormir.
Soñar no cuesta nada, pensó Silvina mientras veía a su tía llegar horrorizada con los formularios de impuestos. “Si seguimos así, esto no va más, no va a alcanzar ni para puchero nena” se quejó la tía mientras contaba los billetes una y otra vez deseando que se multiplicasen mágicamente con cada recuento. No es que no quisiera pagar, entendía muy bien sobre derechos y obligaciones, pero eso era el colmo del abuso, parecían que el ministerio de economía quería fundir a todos los pequeños comerciantes para despejar el terreno a las grandes firmas. Muy pronto el país iba a estar dominado por cuatro mega tiendas y todos tendrían que trabajar ahí, comprar ahí, comer ahí y morir ahí si es que no sale muy caro. Cosas así decía la tía cada vez que llegaba la hora de pagar los impuestos. Sus pronósticos se volvían mas trágicos con cada mes que pasaba. Esta vez Silvina propuso ampliar la oferta, y la semana siguiente compraron un nuevo maniquí (gastos y mas gastos dijo la tía, espero que funcione) y llenaron medio local con de ropa de hombre. Silvina, cuidadosamente, se tomó el trabajo de imaginar que usaría el chico del quiosco y así vistió a su maniquí. Confiaba en su gusto para la ropa y esperaba que al tenerlo en el local hiciese más sencillo hablar de cualquier cosa y quizá lograría sacarle aunque sea el nombre, pero las semanas pasaban y ni siquiera se lo vio asomarse a la vidriera. Lo que primero fue un flechazo se fue degradando y ya era una simple obsesión, que tan mal no hace pero tiene muy mala fama. El problema es que la gente critica mucho al obsesionado, en vez de dejarlos en paz, que ya se les va a pasar. De todos modos a Silvina no le importaba. Se pasaba las tardes eligiendo colores para pintar sus uñas y después las exhibía en el mostrador del quiosco tratando de atraer la mirada del chico hacia sus manos, para luego acomodarse la ropa, o rascarse la boca, pero nada. Ni una mirada de más, ni siquiera cuando Silvina se iba la miraba de atrás como tantos otros, porque ella muchas veces intentó atraparlo en el acto y se volvía de golpe pero nada, otra vez la cabeza hundida en el libro, ese libro que quizá ya era otro libro cuando llegó el invierno y fue un invierno muy frío y triste para Silvina y su hijito solos en ese departamento todas las noches. Y la venta, como se dice, no arrancó jamás.
La última vez que fue al quiosco ya había llegado la primavera. Habían pasado seis meses desde la primera vez que la vio. Hizo todo lo posible por no parecer un degenerado cada vez que ella entraba al quiosco a comprar sus cigarrillos, pero siempre le regalaba caramelos y cuando descubrió que le gustaban los de menta se aseguraba de tener siempre una reserva para ella. Procuró nunca mirarla demasiado, no quería causar una mala impresión, era tan linda. La última vez apareció a las nueve de la mañana, tan radiante como el día, pero esta vez no sonrió. Fue todo automático. Pidió los cigarrillos. Pagó. Llevaba su currículum. “Ey” se animó finalmente a decirle antes de que ella saliera “no sabía que habían cerrado”. Ella se quedó quieta, mirando hacia afuera. Después se volvió, y mirándolo desde uno de los dos polos dijo: “Si. Fue el peor invierno. Y vos –meditó un segundo sus palabras- pensé que eras un robot”
El chico soltó una carcajada fuerte que se cortó en seco ante la cara inexpresiva de Silvina y le preguntó por qué pensó eso. Ella tomó aire y apenas movió la boca como para contestar, pero todo terminó en un suspiro agotador, y dijo que no importaba, que ya ni se acoraba por qué, que tenía que irse. El aire quedó enrarecido, olía como a flores muertas en un florero azul con el agua sucia y se veía igual de triste. El se sintió un poco tonto, nunca supo siquiera su nombre. “Igual”, pensó, “nunca tuve oportunidad con ella”.
El local exhibió unas semanas el cartel de “se alquila”. El chico del quiosco siguió leyendo libros en horario de trabajo. La vida siguió pasando por la vereda. El verano llegó, inevitable como siempre. A veces, cuando el chico del quiosco sueña, ella aparece y hablan durante horas, hablan hasta saber todo lo que se puede saber de otra persona hablando, y entonces el chico se queda sin nada que decir y ella sigue hablando y parece feliz y él se despierta solo y tienen frío.
Muy bueno Fran querido! Siempre un gran artista, en este caso un gran escritor, se esconde detrás de un gran ser humano. Muy lindo, muy descriptivo, solo dejé correr la imaginación y pude ver a la chica, el pibe, los cigarros, hasta el florero azul je. abrazo enorme mi estimado!
ResponderEliminarhermano te sale luz de esa cabecita :)
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