domingo, 25 de marzo de 2012

Actriz (episodio uno)

1.

Enfriarse, enfriarse. A las clásicas preguntas –qué estoy haciendo, cómo llegué acá- ya las había contestado tantas veces, en tan pocos segundos, que a veces antes de despertarse del todo y con los ojos aún sellados de lagañas, antes incluso del mal humor, ya sabía o creía saber las respuestas. Recordaba todo y se daba asco alguna vez; y el resto de las veces: se levantaba despacio y se vestía y salía sin preocuparse por los ruidos, pues un constante zumbido parecía cubrir su escape. Y si podía robaba algo. Un souvenir, nada de valor. Una vela particularmente bonita para su aparador lleno de lechuzas. Un collar con un cristito crucificadito en una cruz de plata. Crucecita de plata. Para llevar apretado en el puño mientras el ascensor la prepara, la amasa, la estruja, ella chilla, se desorienta, tiembla y traga mocos: el asesor llega a planta baja. Al final del hall siempre es de día y ella espera que nadie la reconozca, que bochorno. Los anteojos negros y la capucha del buzo gris la cubren. No es su capucha en todo caso. La devolverá nunca. Pero esa es siempre la intención: devolver todo menos los recuerdos. Y la crucecita lastimó la mano de la actriz, otra vez.
Despertó y sintió el colchón caliente. Y la piel pegajosa, como si hubiera transpirado mucho. Se toco la nuca, metiendo los dedos entre el pelo y descubrió que estaba transpiradísima.. Para ese momento ya recordaba la noche anterior. Laguísimas horas, de a montones, alborotándose en su retina, incapaz de descodificar. Sólo bultos y sombras y las luces de la ciudad en movimiento, yendo de un lugar a otro, y nada más. Pensó en salir en silencio. Pero escuchó y reconoció el sonido que en un primer momento la había despertado.
Buscó el origen: sonaba un piano, pero ella no había visto uno en la sala. Podía ser… Era un arpegio, notas menores (eso ya le habían enseñado alguna vez: las tristes son las menores) y sonaban desde un teclado. El lo había tocado y grabado un rato antes y lo dejó sonando. Se lo había dicho en algún momento de la noche, recordó mientras pateaba botellas vacías de vodka- el monstruo no paraba nunca. El genio, corrigió él. Monstruo no me gusta. Eso es para las rubias. Para vos puedo ser otras cosas, nunca un monstruo. Y ella se vio a sí misma rubia y en blanco y negro gritando desesperada- ¡monstruo! ¡MONSTRUO! Y el monstruo amenazaba con clavarle un brillante y filoso cuchillo. Bueno, perdón, dijo ella. El genio no para nunca. Había pasado el show, un teatro colmado dónde ella había tenido una participación especial: salió al escenario con un vestido turquesa y los ojos enormes y tan linda que los aplausos se mezclaban con los insultos (esperados, ignorados: y si eso es rock…) y cumplió el papel que mejor le quedaba: inspiración on stage. Y ocurrió lo de siempre, lo inevitable. El sonido empezó a fallar, la guitarra se quedó muda un rato, ella sonriente y después haciendo pucherito ¿por qué no se escucha la guitarra justo en mí canción? Después estuvieron en un Bar cerrado exclusivamente para ellos: una vez que entraron no entraba nadie más -pero tampoco se iba nadie y todo el mundo estaba atento al movimiento de esas sombras aristotélicas en el reservado para Very Important Person(s). De la mesa del Bar recuerda las líneas que dibujaban formas (ojos, letras, coronas o el pelo de Bart Simpson y otras cosas, formas, garabateadas ahí, en plena mesa del pleno Bar y con el mundo entero mirando; pero debía ser un lugar del palo, uno de esos lugares diseñados exclusivamente para que las importantes personas y estrellas del rock se droguen con la más absoluta y desencajada libertad o simulacro de) y después las calles de Buenos Aires.
Las luces de La ciudad moviéndose a ambos lados del auto y su chofer invisible. El efecto era óptico y consistía en que ella no sabía (o sí sabía pero saber no es divertido) si las luces iban o venían y ellos iban o venían o estaban ya todos muertos y en el limbo. El amanecer desdibujando la totalitaria noche que gana en peso lo que pierde de realidad suele ser intolerablemente hermoso: pero esta vez pasó inadvertido. Los pasajeros llegaron al departamento con la mañana en sus cabezas, pero no se dieron cuenta. El sol pegando y ni se percataron: entraron, cerraron las cortinas y siguieron con lo que venían haciendo desde hacía más de veinticuatro horas. Al mediodía el cuerpo de ella dijo basta y después de fumar un porro cayó como muerta, durmiéndose instantáneamente.
El sol de la tarde entraba insufriblemente por las ventanas abiertas de par en par. Ella se asustó, no sin algo de razón, pensando que tal vez el monstruo se había quitado la vida saltando por el balcón. Lo primero que se le vino a la mente fue la tapa de los diarios: icono del Rock Argentino se suicida después de pasar la noche con reconocida actriz de telenovelas. De esa no habría vuelta, pensó. El final de su carrera, hasta ahora tan respetable. Y el final de la vida de un hombre sensible que se había convertido en una monstruosa caricatura –al igual que el país- en algún momento de los ochentas o noventas, difícil precisar la fecha de la transformación: fue un lento degradarse, drogarse, desfigurarse hasta hacerse soportable por lo menos para él mismo, por lo menos frente al espejo roto y siete años de mala suerte. Durante la dictadura él, que ya era una estrella, siguió cantando lo que pudo y nunca se le cruzó por la cabeza exiliarse. Y se cargó una mochila muy pesada: darle letra a un pueblo sombrío, darles algo para que canten y descarguen un poco la angustia de no saber exactamente que estaba pasando y porque cada vez eran menos en las calles. Y con la vuelta de la democracia se propuso hacer que todo el mundo cante y se divierta. Y empezó a cantarse a sí mismo: que cante y se divierta. Y después ya era el monstruo que toca y toca con cualquiera y desafina y hace covers y canta y se divierte y no duerme nunca. Anoche no durmió. La vio dormir a ella y le compuso una canción. Ella se tranquilizó cuando, por la ventana, entró un humo familiar: él estaba fumando en el balcón, mirando la tarde. Qué querés hacer, preguntó. Comer, dijo ella.

Esta es la canción que hice anoche para vos. Ella escuchó atentamente, fumando un marlboro del atado de él- hablaba la canción de un puente, del amor cuando está y cuando se va, de lo que queda (del departamento destrozado, de la furia arrebatándolo todo) de matar a uno. No me estás cantando a mí, ya no me estás cantando a mí. El se sintió descubierto y sorprendido de que ella, tan musa perfecta y delicada, haya caído tan pronto en el estante de los recuerdos: una más que pasa, se desviste y se viste y se va. Ella dijo eso, que la canción no era para ella ni sobre ella y sintió como un escalofrío recorriendo su espalda y uno de sus brazos. Recostada en la cama, comiendo un sándwich de milanesa que había aparecido sin que se supiera cómo (el ama de llaves se había hecho invisible hacía tiempo pero sigue ocupándose de mantener los estómagos llenos y las puertas cerradas cuando es necesario) creyó ver la presencia de alguien vivo a quien esa canción reclamaba con furia ciega. Y él, en su confusión, decidió invitarla a otra noche juntos. Pero ella prefirió irse de ahí. Sospechando, ambos, que no volverían a verse, volvieron a acostarse y después ella, aprovechando que el se estaba duchando, salió sin despedirse. El agua de la ducha y una canción de Pete Townshed ocultaron su escape esta vez. 

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