domingo, 25 de marzo de 2012

Desdoble

Una noche, caminando por la ciudad, se encontró frente a su casa, sin darse cuenta en que momento la caminata tomó esa dirección. Era temprano, la noche recién comenzaba a brillar, como sumergida en un mar donde había también sumergida una estrella amarilla. Así más o menos estaban las cosas. El amigo que caminaba junto a él iba particularmente callado. En el futuro será un hombre de acción y pocas palabras, que sueña con bombas, pero tiene problemas para juzgar quién vive y quién será carbonizado. En fin, llegaron, por pura casualidad, a la casa. La ventana de su habitación estaba abierta, la luz encendida. No se podía ver el interior. Mirá, dijo su amigo, la luz de tu pieza. Si, dijo él, que loco. Estaba ahí adentro. De alguna manera sabía que se había quedado dormido leyendo una revista y no había salido de su casa. Y a la vez se había desdoblado como todo lo demás: no hace falta explicar nada. Sabían que estaban perdidos.
Mucho peor fue, unos años después, caminando solo por la misma ciudad (que ya había cambiado varias veces el color, sobre todo de noche: ahora no hay un brillo especial, no hay nada, no hay nadie, y sin embargo ¡nunca vi tanta gente ir y venir, ir y venir! ¡a dónde! ¡A LA PLAZA!) de noche: vio un viejo panzón, sólo igual que él, parado en una esquina. Miraba un punto fijo como esperando algo que vendría desde el norte. Drogas, el destino, la muerte, una cincuentona solitaria, cualquier cosa, todas esas cosas, una sola cosa que sea todo. Se estaba quedando pelado. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? El desdoblado lo vio varias noches seguidas en la misma esquina. Ahí estaba, siempre bien vestido, con la camisa dentro del pantalón y un sweater en la espalda. Saludando a las mujeres que pasaban. Mucho peor. Se habían desdoblado tanto tiempo antes que no se reconocieron. Pero una noche el viejo no estaba y extrañado el otro cayó en la cuenta de los años que habían pasado y el pelo que había perdido y que probablemente era mejor no esperar nada y se fue de esa esquina justo cuando llegaba lo que venía.
Caminó sin rumbo con la melancolía de tener o de no poder tener otra vez quince años y todo el tiempo y ningún lugar especial a dónde ir. Pasó frente a la sala velatoria y las puertas estaban abiertas, las luces encendidas. No había llegado nadie pero se notaba que esperaban gente. Dijo unas palabras para la posteridad y después dijo: otra vez esto. Entonces entró a la sala y se sentó en un rinconcito muy cómodo. A su lado una virgen de yeso parecía llorar. Ya está, ya pasó. Y se quedó dormido.



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